Escrito por Simón Avilés


Tenía ganas de escribir, pero cuando pude, estaba demasiado ocupado sintiéndome triste.



El domingo me atreví a estrenar mi cédula para votar (ya la había estrenado en otros campos, claro), y lo hice con ganas de ganar,pensando, leyendo, con sed de cambio y, si bien se supone que la decisión se tomaba con la cabeza, mi ser tenía argumentos muy adentro desde ya hace algún tiempo que provocaban que también lo hiciera con el corazón. El día anterior crucé San José a pie después de venir de la casa de mi novia, y el jolgorio en Avenida Segunda (que la verdad, ya con conciencia de ello, nunca lo había experimentado en vivo) me emocionó más de lo que yo esperaba, de seguro por ver gente feliz, celebrando con banderas y pitando, sin que hubiera ganado la selección. Pero no sólo por esa algarabía, sino porque los colores rojo y amarillo abundaban. Y sentíuna especie de esperanza. Me decía a mí mismo que el voto del domingo sería un paso hacia una democracia un poco más parecida a las de la teoría en la clase de sociología.

Y vino esa mañana. Salí a votar cerca de las 7 de la mañana, para pasar el resto del día haciendo un reportaje para mi clase de fotografía. Cuando marqué con la crayolita anaranjada, no hubo ninguna experiencia sobrenatural, ni ningún sentimiento de orgullo exagerado. Más bien, cuando deposité las papeletas en las cajas, sentí una especie de alivio y retorné junto a mi padre hacia mi casa, con un silencio que de alguna manera expresaba mis deseos de que mi voto tuviera tanto poder como creía posible.

Pasé mi jornada entre fotografías de niños cantando porras, basura de banderas, afiches y stickers, políticos y votantes, moviéndome de un centro de votación a otro. Por la tarde me encontré con mi novia en el Centro de San José, y, después de huir de los pitos ya cansones de la avenida segunda, juntos esperamos los primeros resultados, viendo en un televisor de perillas en el puesto de flores diagonal al Banco Central.

La señora del puesto subió el volumen y Sobrado comenzó a leer. Mi novia y yo nos mirábamos perplejos, incrédulos del desastre que se pavoneaba ante nuestros sentidos. Cuando venía en el autobús hacia Cartago,Gabriel me envió un mensaje: "Nos fuimos a la PUTA. Ottón aceptó la derrota". Me di cuenta, igual que una amiga "real" y otros "virtuales", de que no soy un buen perdedor. Porque se supone que los buenos perdedores se resignan y le dan la mano al vencedor, le aplauden y sonríen sin dolor porque el esfuerzo se hizo hasta donde se pudo. Los buenos perdedores salen con la frente en alto pues el contrincante ganó porque, como se dice, tiene mejores condiciones, supera en cualidades y ganó, ganó, simplemente ganó...

Entonces, ¿Cómo voy a querer ser buen perdedor? Yo brinco, pataleo y hasta lagrimeo en primera instancia. No me quedo de brazos cruzados ni acepto que este proyecto de Estado repleto de corrupción, desigualdad, promesas falsas y pisadas sobre la dignidad de la gente, pueda ser lo mejor que tenga el país. Sencillamente no sé perder, ni entiendo por qué llegué a imaginarme que la gente tenía algún ansia de cambio. Nuestra democracia "más sólida de Centroamérica" no pasa ni pasará de que (usando una frase trillada) cada cuatro años se haga un proceso electoral "limpio" (es decir, con los golpes más o menos camuflados y un pueblo casi sonso y sonriente ante lo que le pasa enfrente). No sé perder, ni sabré hacerlo en estas condiciones.



Si para tener una curul, una silla presidencial o un alto puesto -según la sociedad del éxito en COSTA RICA- hay que "venderle el alma al diablo", ser servil o corrupto, entonces el anonimato será la redención pues nada rebasa el valor de la dignidad humana ni la honestidad como modus vivendi. -Mónica Zúñiga


No escribo más. No porque no tenga sobre qué hacerlo, sino porque no tengo ni lo mínimo de escritor como para describir lo que siento. Que escriban los que logran hacerlo.

Publicado en Dame un Campo

Comentarios

No hay comentarios todavía.

Añadir comentario