Del blog G33k
Todo empezó con un chiste, la platina del Virilla. Luego con el puente de Turrubares se volvió una tragedia. Y ahora con el Río Lagarto, una tragedia aún más grande. Los puentes en nuestro país están llegando a un estado crítico. Ya pasaron al punto donde las consecuencias dejan de ser predicciones de un estudio, y se convierten en realidad. Definitivamente hay que hacer algo, antes de que ya no se pueda hacer nada.
Lo que me preocupa es que no veo realmente que estemos buscando realmente solucionar el problema. Desde que cayó el primer puente, la prensa, los políticos y la misma gente lo que ha optado es por convertir todo este asunto en una nueva cacería de brujas. Que cada vez que haya un suceso en un puente, ruede la cabeza de alguien, y lo que pase después nos vale. Mientras destituyan al ministro, al director, al supervisor, todos están felices, y que venga el próximo sentenciado.
Estamos tomando un problema técnico realmente serio, y lo estamos convirtiendo en un show. Un show donde lo que importa no son las soluciones, sino las cabezas que rueden. Al mejor estilo de las administraciones que nos metieron en todo este enredo: crucifiquemos a alguien, ojalá a alguien que nos caiga mal, y todos seremos felices.
Deberíamos tener cuidado. Porque terminada esa fiesta, nos vamos a terminar matando en un puente. Porque resulta que el que estaba viendo a ver cómo arreglaba la cosa terminó en la hoguera también, en uno de nuestros berrinches colectivos.
Lo que debería estar exigiendo la gente es que el MOPT presente un plan para resolver toda esta cosa. Un plan que detalle medidas y defina tiempos y responsabilidades, en todos los niveles. Y una vez que se ponga en ejecución ese plan, ahí si. Sentemos responsabilidades si alguien no cumple, y que rueden las cabezas de los que no están haciendo su trabajo.
Pero hacerlo al revés: echar primero a la gente y luego buscar a alguien que arregle el problema no nos va a llevar a ningún lado, excepto a que ocurran más y más catástrofes con los puentes de nuestro país.
Todo empezó con un chiste, la platina del Virilla. Luego con el puente de Turrubares se volvió una tragedia. Y ahora con el Río Lagarto, una tragedia aún más grande. Los puentes en nuestro país están llegando a un estado crítico. Ya pasaron al punto donde las consecuencias dejan de ser predicciones de un estudio, y se convierten en realidad. Definitivamente hay que hacer algo, antes de que ya no se pueda hacer nada.
Lo que me preocupa es que no veo realmente que estemos buscando realmente solucionar el problema. Desde que cayó el primer puente, la prensa, los políticos y la misma gente lo que ha optado es por convertir todo este asunto en una nueva cacería de brujas. Que cada vez que haya un suceso en un puente, ruede la cabeza de alguien, y lo que pase después nos vale. Mientras destituyan al ministro, al director, al supervisor, todos están felices, y que venga el próximo sentenciado.
Estamos tomando un problema técnico realmente serio, y lo estamos convirtiendo en un show. Un show donde lo que importa no son las soluciones, sino las cabezas que rueden. Al mejor estilo de las administraciones que nos metieron en todo este enredo: crucifiquemos a alguien, ojalá a alguien que nos caiga mal, y todos seremos felices.
Deberíamos tener cuidado. Porque terminada esa fiesta, nos vamos a terminar matando en un puente. Porque resulta que el que estaba viendo a ver cómo arreglaba la cosa terminó en la hoguera también, en uno de nuestros berrinches colectivos.
Lo que debería estar exigiendo la gente es que el MOPT presente un plan para resolver toda esta cosa. Un plan que detalle medidas y defina tiempos y responsabilidades, en todos los niveles. Y una vez que se ponga en ejecución ese plan, ahí si. Sentemos responsabilidades si alguien no cumple, y que rueden las cabezas de los que no están haciendo su trabajo.
Pero hacerlo al revés: echar primero a la gente y luego buscar a alguien que arregle el problema no nos va a llevar a ningún lado, excepto a que ocurran más y más catástrofes con los puentes de nuestro país.



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