Fuente: Página Abierta
Ludwing Guendel(*)
El jueves 21 y viernes 22 de enero de este año, en el marco de magnas ceremonias de profundo simbolismo y significado Aymara y Quechua, dos de los pueblos indígenas mayoritarios de Bolivia, se invistió, por segunda vez consecutiva, al Señor Presidente Evo Morales, un Aymara, hijo de campesinos pobres del Altiplano boliviano. Un año antes había sido el afroamericano Señor Barack Obama quien sorprendió al mundo con un resonante triunfo electoral en los Estados Unidos de América, el país más poderoso de la tierra.
Si bien estos han sido logros políticos de un significado extraordinario para la democracia, en la medida en que irrumpieron al escenario político representantes de pueblos o grupos sociales que históricamente han sido excluidos y discriminados, no han sido los únicos alcanzados en los últimos años. Hay que recordar, entre otros, al obrero polaco Lech Walesa, todavía en el contexto de la guerra fría, Nelson Mandela en Sudáfrica y, mucho más recientemente, Lula Da Silva en Brasil y mujeres como Cristina Fernández en Argentina, Michelle Bachelet en Chile y Angela Merkel en Alemania.
No importa el signo ideológico de estos hechos políticos, lo significativo es que al fin la política y, particularmente, el poder del Estado se abren para todos los pueblos y grupos sociales subordinados, independientemente del sexo, el origen étnico o social. Lo interesante es que la mayoría han llegado al poder a través del ejercicio del sufragio y no gracias a violentas revoluciones y han establecido un orden democrático. Se puede estar en contra o a favor de las propuestas políticas, el desempeño de su liderazgo o de la posición política e ideológica de estos hombres y mujeres, pero hay algo innegable: esto ha sido un avance de la democracia y de los derechos humanos en el mundo.
No hay duda que en nuestra sociedad contemporánea seguimos arrastrando profundas violaciones a los derechos individuales y colectivos, pero, también, hemos conseguido extraordinarios avances como éste. Esto abre un camino de esperanzas y de fe en que un mundo mejor es posible para la humanidad.
Revaloración de culturas y tradiciones. Ninguno de tales triunfos electorales ha sido producto de la casualidad. Han surgido gracias a sacrificios y luchas de los movimientos sociales, el debate y la reflexión sistemática sobre los derechos humanos y el fortalecimiento y recreación de las instituciones liberales y sociales construidas en nuestra era moderna. Todos factores que nos han enseñado que el principio de igualdad ante la ley deben constituirse en una realidad en la vida cotidiana y no quedar en un mero discurso retórico, pero, sobre todo, nos han mostrado que la verdadera riqueza de nuestro mundo es ese carácter multiforme y multicolor.
Lo importante, por consiguiente, es que semejantes cambios no sólo han traído nuevos liderazgos políticos, sino que han revalorado culturas y tradiciones muy diferentes a las que han prevalecido en occidente, constituidas por una concepción univoca centrada en el clasismo, el predominio de lo masculino y lo blanco y las concepciones racionalistas-positivistas. Significa que mucha gente ha valorado el aporte de estos líderes y lideresas y, sobre todo, lo que ello significa para un mundo en el cual las ideologías que predominaron en los siglos anteriores se mostraron incapaces para resolver los problemas de la humanidad.
Abrir mente y corazón. El que una mujer, un obrero o un representante de una cultura históricamente subordinada consigan ese protagonismo no es garantía de que los problemas sociales y económicos del mundo se resuelvan, pero sí implica que una perspectiva, una historia y una manera de vivir y sentir el mundo se filtre en la política y afecte la manera como tradicionalmente se ejerce el poder.
En un mundo mediático como el que vivimos, acostumbrarnos a ver y a escuchar la diversidad en la primera plana, significa transgredir lo que aprendimos como natural y abrir nuestra mente y nuestro corazón al reconocimiento de que nuestro mundo había soslayado una cultura, una manera de ser y pensar distinta, igual de legítima, razonable y útil como la predominante. En tiempos en los que nuestra sociedad ve perpleja como se incrementan las incertidumbres y los problemas adquieren una complejidad jamás pensada, estoy seguro que estos cambios contribuirán a construir nuevos puntos de vista y a revalorar dimensiones de nuestra vida social como el reconocimiento de lo ancestral, el fin del antropocentrismo y el regreso a la armonía con la naturaleza, la importancia de la igualdad social y de género y el fin del consumo desmedido.
*Sociólogo.



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