Por Katharina Loibl
A nosotros los mortales lo que nos toca es el realismo a secas. Sin magia, sin encanto. La cenicienta de nuestros cuentos nunca tuvo un carruaje y zapatillas de cristal. Nuestros sueños no serán más que eso, sueños. Tal vez estoy cruzando la línea entre el realismo y el pesimismo, pero prefiero cruzar esa línea, a cruzar la línea que divide al surrealismo del realismo.
Vivimos en una era en la que hacernos de oídos sordos es más fácil y efectivo. En un país en el que casi nadie hace nada. En un mundo en el que todos vamos contra todos. Vivimos esperando el "di a ver qué pasa". Vivimos siendo las marionetas de las personas en el poder (la gente adinerada). Vivimos siendo los borreguitos detrás de la pastura... detrás de todo lo demás.
Hay quienes prefieren vivir en su propio mundo, un mundo al que los demás no puedan entrar. Y hay quienes prefieren molestar a los demás con la crudeza de la realidad. Debo decir que cualquiera de las dos opciones es cierta. Porque uno puede encerrarse en la burbuja de irracionalidades y protegerse, aislarse de cada cosa que sucede... y funcionará, porque hará feliz hasta que se rompa la burbuja y uno se vuelva a encontrar con la realidad. Y por el otro lado, se puede esperar lo peor de cada día, de cada persona, y de cada momento en la vida... y si resulta como uno pensaba, entonces no me tomará por sorpresa; y si es que algo bueno llega a suceder, entonces hasta lo disfrutaré más.
“Pero nunca esperes sin esperar”. Uno nunca debe quedarse con la incertidumbre, ni con la esperanza, ni con el anhelo. Por lo menos no en un mundo serio; real. Porque entonces cuando las cosas no sean como uno las quiere, uno caerá de la nube, y dolerá.
Y entonces llegará un momento en la vida, en el que se deberá preguntar si ese capítulo está a punto de terminar. Y sobre todo, si uno está dispuesto a terminarlo, con propia convicción y fortaleza, sin importar las consecuencias. O si uno está viviendo en su mundo ficticio y no se está tomando la vida enserio.
La vida está para aprovecharla al máximo y aunque sabemos que ese realismo mágico solo existe en los cuentos, podemos hacer de cada una de nuestras actividades diarias un momento mágico pero real.





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