Recuerdo que hace mucho tiempo atrás mi abuelita me premiaba al final de cada semana, con un bellísimo helado, de proporciones extraordinarias, mientras caminábamos por el boulevard de Sabana Grande. Un lugar que para la época conjugaba perfectamente con la palabra elegancia. Era precioso y muy llamativo no sólo por los innumerables neones que iluminaban las tiendas, sino también por sus calles, que estaban completamente empedradas.